sábado, 9 de abril de 2011

Historias de una mente enfermiza

Tenía planeado tomarme el día libre para pasar el tiempo con un par de amigos. Son divertidos. Uno esta dentro de una caja de Partagás y el otro viene en botella. Soy detective privado, o al menos eso dice en mi puerta. Lo último que deseaba esa mañana era un caso que resolver, pero la Señora que se presento era demasiado persuasiva. La mayoría lo son. Me dio una foto del colgante y la tarjeta de visita firmada que dejaron los ladrones. Habría deseado que me diese algo más, pero dudo que hubiese querido hacerlo gratis.

Salí a dar un paseo por las calles. Llovía. Repase los hechos aunque no eran muchos. Dos tipos, Neil y James, desaparecidos tras robar una valiosa joya. Las preguntas me fluían como la lluvia. ¿Quiénes eran esos fulanos? ¿Cómo lo habían hecho? ¿Cómo y a quién venderían el colgante? ¿Dónde diablos estaban ahora? y ¿Por qué cojones no me acordé de coger el paraguas?

Fui a ver a Dragan Salinsky, un serbio ludópata al que conocí en el hipódromo. El podría haber oído algo. Salinsky reaccionó sospechosamente mostrándose reacio, pero yo necesitaba información. La pregunta era ¿Cantaría?
No hablo. Quizá alguien había llegado primero y le había cerrado la boca. Conozco a Dragan. Mantener la boca cerrada debía ser una tortura, por si acaso dejé un micro debajo de la mesa, nunca se sabe. Necesitaba una pista u otra copa y sabía un sitio donde encontrar una de las dos.

De repente un matón se me abalanzó. Hizo de mi columna un acordeón y uso mi cara como un tablao flamenco para sus nudillos. Mi cabeza explotó como si fuera el año nuevo chino, por suerte mi último pensamiento apago la luz al marcharse.

Soñé que extendía los brazos y, al agitarlos, podía elevarme sin esfuerzo por encima de los árboles y los postes de teléfono. Todos me miraban asombrados y corrían detrás de mí disparándome. Yo aceleré hasta que mis ojos se cerraban a causa del viento. Reía mientras giraba y giraba.

Cuando volví en mi tenia las ideas más definidas, estaba cerca, las piezas estaban empezando a cuadrar. Fui a mi despacho a comprobar si el micro que coloque en casa de Dragan había recogido algo.
Nada, es posible que con la lluvia el receptor tenga interferencias, aun así estaba como al principio, salvo por las dos costillas rotas.

Era demasiado tarde para seguir en pie. Por otro lado no quedaba coñac y mi puro estaba empapado. Era hora de descansar y esperar a que mañana fuese un bien día.

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